Tuesday, February 14, 2012

Una Parálisis Deliciosa



Desde los 11 años soy tío. Mi hermana tuvo a Karina, mi primera sobrina. En esa época nos tocaba esperar a que mis padres regresaran del viaje para que nos mostraran fotos o algún video tomado con una Sony Video 8 de montar en el hombro y añadirle flash telescopado con pila que se llevaba en un maletín lateral, colgada del otro hombro.

Tuve 5 sobrinos. La menor, Vanessa, próxima a cumplir 21 años. Andrea, que ya tiene 21 años, acaba de tener a su hija Presley Grace en Chicago. Eso me vuelve a mi tío-abuelo. Increíble.

Lo que más se me hace “fuera de este mundo”, es que llevo 26 años (37 menos 11) esperando a tener bebes propios. Gracias a mis hermanos y a mis padres, aprendí el arte indomable de cambiar pañales, de vestir a los bebes, de arrullarlos hasta que se duerman, de doblar las cobijas debajo de ellos en triangulo, de tomarles la temperatura con termómetro de oído y besarlos en la frente, y un sinnúmero de experiencias y enseñanzas que ahora me toca aplicarlas a mí. No es misterio que por mi paso por Pediatría, estas enseñanzas ya se volvían obligatorias pero aun así, no se aprendía todo lo que se debía. Tener hijos propios aun no estaba en el radar. Eran bebes ajenos, eran, aunque suene cruel, material de estudio. Pero yo los adoraba y me fascinaba bañarlos y vestirlos ya que algún día, me tocaría hacer lo mismo con los míos.

Nadine Daccach Vega, nació el 8 de Febrero de 2012 a las 0237 de la mañana en una clínica en Barcelona, España. Fue por cesárea. Cuando la comadrona (persona estudiada en la atención del parto) me entregó a mi hija, todo lo que yo pensé que sabía, dejo de existir. No hay poder humano para poder gritarle a los 4 vientos que uno ya sabe lo que está haciendo. El que lo diga, simple y llanamente, está mintiendo.

Me quede paralizado. Pero no paralizado sin saber qué hacer. Fue una parálisis deliciosa. Una elevación a una nube donde nada me importaba. Sus ojos grises oscuros parpadeaban y yo, creyendo que ella me estaba viendo, la mire fijamente y sentí que podía pasar un tsunami, que nada me importaba. Fueron 2 o 3 minutos de intensa quietud y enamoramiento con la vida. Una recarga de energía jamás antes vista. Fue un corto circuito con arranque a trompicones de mi corazón que ya venía acelerado con los pormenores de tener que ser médico y vigilar el nacimiento de mi propia hija.

El más hermoso de los momentos.

Ya llevo 4 días de padre y cada día me doy cuenta que todo lo que pensé que sabía, no lo sé. Todo lo que pensé que podía hacer, ya no lo logro. Todo lo que quiero hacer, lo voy haciendo de a poquitos,  sabiendo con certeza que doy lo mejor que tengo: mi corazón.

Quizás lo más difícil es aplicar lo que uno predica. Ojo, difícil pero no imposible. Lo importante es caer en cuenta que en esos momentos en que uno se sale de lo “normal”, o se descarrila del correcto “fluir” de las cosas, lo primero que se debe hacer es MANTENER LA CALMA Y NO DESESPERARSE. Si esto no es posible, y así será en múltiples ocasiones, puede uno entrar en momentos de desespero genuino.  Lo más importante es caer en cuenta y respirar profundo, contar hasta 10, pensar en una canción que nos guste o en algún momento que nos haya dejado paz en nuestros corazones. 

Sabemos que en este tema de criar recién nacidos, nos desesperamos cuando  no todo suele ser como debe ser, como si esto fuera Tetris, Armotodo o algún juego de Lego.  Aquí las fichas no necesariamente encajan en un orden pre establecido pero al final, siempre habrá armonía en el resultado.

Estamos haciendo lo mejor que podemos. No hemos sido padres nunca y esto se pasa volando. Lo mejor de todo es aprender juntos; mi esposa, mi hija y yo, agarrados de la mano, caminando por una playa donde vuelan los dragones multicolores y nos dan su energía con llamaradas de alegría y buena vibra.

Aprender mientras vivimos. Practicar lo que predicamos. Hacer cumplir nuestros sueños sin limitantes ni restricciones. Desear lo mejor y estar positivo cuando las cosas no salen como pensábamos. Vivir la vida, soñar despiertos, y dar lo mejor que tengamos. Y nunca, pero nunca, dejar de sonreír.

Esta ha sido la lección de coaching que me ha dado mi hija. Y solo va a cumplir 5 días.

Todo fluye.

Un abrazo a tod@s y una gran semana.