Thursday, November 10, 2011

La metamorfosis de la luna de miel




Desde el siglo XVI se creía que el matrimonio se debería llevar a cabo con múltiples fines. El amor de la pareja no era tan necesario, pero sí la decisión de procrear para continuar con el estirpe familiar. No es misterio que en muchas culturas y/o religiones, las parejas son impuestas y no escogidas. Asusta que hoy en día, muchas culturas y religiones hagan lo mismo. Históricamente, dentro del primer mes después de la boda, es decir,  la primera luna, los novios o ya esposos, bebían hidromiel, la cual en teoría, daría más probabilidad de engendrar un hijo varón y lograr que el apellido familiar continuara en las generaciones siguientes.  Tendencias machistas de la época.

Hoy en día, se sigue llamando luna de miel al periodo después del matrimonio, pero ya no se concibe como el periodo para procrear con los fines ya expuestos. Es un momento donde se juntan dos fuerzas, llenas de un sentimiento exquisito, y se compenetra la unión por medio de la convivencia, que desde ese momento empieza. La connotación sexual de la luna de miel ya no es, en gran mayoría de las culturas, un tabú. Muchas parejas hoy en día, se conocen íntimamente antes de casarse. La expectativa de saber cómo es el otro u otra en la cama durante la noche de bodas podría afirmar, ya no existe en una gran mayoría de parejas.

Con esto, entro a hablar de lo que se denomina el Síndrome de la Luna de Miel.

Dado que muchas parejas ya se conocen detalladamente antes de casarse por cualquier medio, religioso o civil, el matrimonio no es un punto y aparte. Es un punto seguido. Nuestra forma de ser, nuestro físico, nuestra actitud no cambia de inmediato una vez nos casamos. No existe un “switch” mágico que nos transforma súbitamente. Seguimos siendo los mismos, ciertas cosas tienden a cambiar sin duda alguna,  pero en esencia somos los mismos. Lo que pasa es que ahora somos  2, y en un futuro podrán ser más con la llegada de los hijos. Esto es lo que en realidad cambia. Llegan objetivos que ya no son propios sino compartidos, y cada uno de los que conforman la pareja, tiene las mismas responsabilidades y mejor aun, lo que lo hace más lindo, es que si el uno o el otro no las cumple, está el otro para hacerlo de manera incondicional.

Una vez las costumbres se implantan y entran las condiciones impuestas, sin duda, ese ambiente matrimonial de armonía, se verá fracturado. Un tema que daría paginas largas y llenas de letras. Una vez nos permitimos salir de ese ambiente que hemos creado en la luna de miel, nos hacemos vulnerables a caer en la tentación de volver a la rutina de siempre, pero ahora en unión con nuestra pareja.

Cómo se traspasa esto a nuestra vida cotidiana?

Cada vez que asistimos a un curso, o decidimos conllevar algún cambio en nuestras vidas, iniciamos con mucha expectativa, hacemos todo el esfuerzo para llegar a dicho cambio, y cuando creemos que hemos llegado a nuestro objetivo, lo disfrutamos muy poco ya que nuestra costumbre nos ancla a lo que siempre hemos sido, sea eso lo que sea. Es como si lucháramos contra la resistencia de una gran banda elástica que nos sujeta y cuando estemos llegando a nuestra meta, nos dejamos vencer por el fenómeno de retroceso innato de la banda y volvemos a donde iniciamos. Es más, podemos inclusive caer aun más lejos de nuestro lugar de partida. Deberíamos ser capaces de cortar la banda cuando estemos cerca de lograr nuestro objetivo, y así inclusive saldríamos impulsados a la acción de manera certera.

La satisfacción del deber cumplido, para nuestros objetivos o nuestras acciones, no debe ser punto final. Debe ser el punto de partida de novo. Cada vez que creemos haber terminado algo, lo que verdaderamente pasa, queramos creer o no, es que estamos iniciando algo nuevo.  No hay mejor inicio que un final. Lo más agradable de terminar un libro, es pensar cual sigue. Depende de nosotros si lo queremos ver así, o si lo queremos dejar como un pasado ya cumplido. Mejor sería que lo viéramos como un presente instaurado para un promisorio futuro.

Me acuerdo que cada vez que el colegio nos llevaba a “convivencias”, todos nos encontrábamos en un marco de amplia fraternidad y amabilidad, sentido de colaboración y disposición al cambio. Cada uno caía en cuenta de sus errores, pedía perdón, se comprometía a cambiar y todo era como llegar a un nirvana. Era una alegría enorme, era una sensación de plenitud. Se vivía y se creía que todo estaría bien de ahí en adelante. Volvíamos el lunes a clase y algo quedaba, digamos que duraba un par de semanas máximo, pero después, todo volvía a ser como antes. Las mismas costumbres, los mismos vicios, el mismo torpedeo de insultos y malas actitudes (me incluyo), y de la plenitud pasada, no quedaba nada. Seguro la inmadurez de ese momento me llevaba a dejarme vencer por aquella banda de resistencia, en vez de dar ese paso hacia un cambio que daría tarde o temprano.

Para qué vamos a cursos? Para qué asistimos a conferencias?

Seguramente la respuesta más usada sería para aprender, para mejorar, para optimizar nuestro rendimiento o inclusive alguno podría contestar que asiste porque simplemente le nace.

Recibir la información es un primer paso sin duda. Tomar la decisión de asistir a una charla, seminario, curso o congreso es otro gran paso. Pero pasar de el aprendizaje, a poner en práctica lo aprendido,  es el primer verdadero gran paso.

Depende de nosotros si después de cada aprendizaje caemos en el síndrome de la luna de miel y después de 2 semanas volvemos a nuestra rutina como si nada hubiese pasado. Depende de nosotros si pasamos del plan a la acción. Si pasamos del deseo de ser, al hacer para ser.

Esta actitud frente a la vida la recomiendo sin dudarlo. Conocer que existe este síndrome nos sirve para caer en cuenta si estamos cayendo en la costumbre de volver a nuestra rutina después que decidimos hacer algo para modificarla.

Yo llevo viviendo esa luna de miel con todo lo que aprendo hace mucho tiempo,  y es un primer paso para encontrar ese estado de flujo de buena energía.

Mi vida después de muchos hechos, se ha convertido en una luna de miel constante. Soy realista que no todo es maravilloso, pero también caigo en cuenta que todo podría serlo. Vivo con la actitud de atraer ese positivismo cada día sabiendo que cuando las cosas no tan positivas lleguen, y llegarán sin duda, pues esta actitud me ayudará a enfrentarme a ellos.

No dejes que la luna de miel de las cosas ni de las personas que interactúan contigo en el día a día se acaben. La vida es muy corta y vale la pena vivirla intensamente, llena de realismo, asertividad y mucho positivismo.

Para terminar, unas frases de Pablo Coelho:

“En toda historia de amor siempre hay algo que nos acerca a la eternidad y a la esencia de la vida, porque las historias de amor encierran en sí todos los secretos del mundo.

“Existen derrotas, pero nadie está a salvo de ellas. Por eso es mejor perder algunos combates en la lucha por nuestros sueños que ser derrotados sin siquiera saber por qué se está luchando.

“Solamente pasaba diez minutos con el amor de su vida, y miles de horas pensando en él.

“Deja de pensar en la vida y resuélvete a vivirla.

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